martes, 1 de septiembre de 2015

Albergamos nómadas laberintos cortados del interior del mediodía,
hogueras como insomnios algebraicos
atentas a este camino donde resplandecen los fulgores de la tormenta,
la amnistía envenenada del exilio hacia el desencanto.
Prolongados a través de las nervaduras por causa del espejo,
habitamos en hebras los silencios, las múltiples caras del
     tiempo,
rasgados del acorde que se aminora al oído de los picos y al
     ritmo del eco,
bajo el universal llanto que hoy cincela las cicatrices y
                                                                              [que quizás no regrese
     mañana.
No poseemos ni rastros de grietas ni fragmentos de las ín-
     timas voluntades;
y tampoco sentimos que raíz nos presume y nos envía.
Quizá sólo el baile de la luz, la forma de arrastrar la espuma,
esta torrencial voz tras el envés de la huella,
ansían de algún lugar donde los obstinados extravíos se
     compacten,
donde se concrete algún epílogo.
Hallar la herramienta perfecta y olvidada del conocimiento,
las brasas del océano, los labios desnudos,
el premenstrual aspecto de las nubes en una tarde especialmente
     cruel
y que es el estandarte que nos hiende bajo su peso y nos atraviesa,
un designio puro como un abismo para tronzar el cuerpo en su
     insignificancia errante,
en su deriva paradógica.
Pero no hay nadie que embista el surco de una sola zanja para
     poder huir.
Jamás en este barro que no cuaja ni en minutos ni en mareas,
que frunce la vida y ahonda contra el pecho,
que se endurece y provoca como sierpe preñada cuando acude el
                                                                                                       [enemigo.
Nadie con esta secuela donde siempre captura la narcosis.
De la nada será el paisaje de esta fiebre.
Esta nada parecerá más hombre que una ceguera en tránsito hacia el
     centro insoluble.
¿Y ayudará este barro en otro asilo al origen,
el déspota eterno, el irreverente, discípulo de la escoria,
negado de nuevo desde su culpa, desde las vísceras de un
     horno de usura?
¿O aparecerá otra vez como máscara ritual de la herrumbre?
Nunca, este barro no debe ser rescatado únicamente para ir y venir.
Pido la boca que acercó el vórtice bajo las mortajas de
     otras bocas;
espero por esta llaga con la que embriago el enjambre
                                                                          de cada metamorfosis;
imploro por las puertas que recordaron, por las
                                                                      [ventanas que olvidaron;
reclamo incluso por el desahucio de mi sexo y los escombros de
                                                                                             [mis arterias.
Aunque no haya límite, ni virtud, ni movimiento,
protejo mi soga:
este pobre cordaje donde la cólera animal se amansa,
donde gravitan los péndulos
y sé que la celda siempre estuvo vacía.

                                              1-septiembre-2015