miércoles, 19 de agosto de 2015

Yo te biografié con una droga fósil,
comí a medias tu lengua para que cada ácido te extrajera de mí,
arrinconé cualquier grotesca hora con todos los descalabros
                                                                                     [donde suplicó tu
     ruina
y te marqué el cuerpo con un anochecer rústico purgado
                                                                                          [en mi tránsito.

No amarré tu estigma contra estas desgracias estuosas
injertadas únicamente por el infortunio del clamor y la pesadumbre.
No intuí tu órbita de terror que atraviesa una dolencia desde una zanja
     de vacío
hasta la loma del tiempo,
que desnutre una humilde frontera en todas las brújulas.

Vigilaste entre las mallas
junto a tu tormenta de abrasados barbechos, abalorios
                                                                                  [de mares remotos y
     hachas,
y ese depósito denso quebrado con ojeras del averno,
y volvieron los coágulos, apenas como un pescozón que tironea los nervios
     de los muros,
casi como un legajo que cojea o como un puño;
antes abriste la edad,
¿y por qué hasta ignorar el eco, hasta enmohecer mi sigilo?
Tú amabas el enigma cuyas semillas absorben el vigor de la vejez
igual que las mamas de la piedra;
yo era el lobezno anónimo en su insomnio de creciente embrión.

Desganaste mi carne, envolviéndome numerosas ocasiones
                                                                                 [en los resortes de hastío:
con los eczemas de las cerraduras
que turbulentan las sienes desde la pesadilla hasta el vómito;
con la alucinación torpe que pauta el desenfreno
     y la necrosis;
con esos arpegios de cal que ejecutan las
     fiebres y el pánico
y que nada desmemorian ni antes de la cicatriz ni después de
     cualesquiera amputación.

Tajaste mis huellas ingresando la periferia del cinismo
a un camino que se torsionó en sarcasmo contra la derrota,
a unos afluentes que aceleraban mendicantes por la
                                                                            [actividad de los vastos
     abismos,
a una ruta que se plegó entre nervaduras y que fue linchada
     por la sinrazón.
Y todas tus sierpes,
esos paréntesis de los bolsillos negociando el repudio,
las estrategas de la crisálida encogiendo mi ataúd desde el agujero de la
     acechanza,
la hoz con zapatos de histeria saboreando las cenizas.

¿Y dónde está hoy la carcajada deseable con el barro macho
que acreditaría la obviedad adúltera en una fisura del puente?
Vestida con un mal impermeable sobre tu torre.
¿Dónde los aliados, cada uno con su prolijo vocablo,
estremeciéndose como una preciosa polilla ante la luz?
Deshechos con el semen de mi especie en tu máscara de herrumbre.
¿Dónde la espiral milenaria que abraza hasta el lugar
más blanco que un eje capaz de emanar todo el vaho
     del letárgico cráter?

Ahogaste con tentáculos de fetidez mi sombra, mi único iceberg en
     los naufragios,
y sorbiste con infectas mandíbulas sus raíces y su voluntad
desecando sus madejas y aniquilando su tono;
en ocasiones la pusiste entre falsos tabiques en casas deshabitadas
que a menudo se incrustan en un polvo perverso de aire
     transido
donde rivalizaron sus harapos las premuras anticuadas, los velos
     y el desencanto.
En algún aquelarre extenuaste las naranjas amargas con mi subsuelo.

Me abandonaste a tus buitres
y la inmoral calima que uniformó de liendres
     mi espíritu.

                               19-agosto-2015