jueves, 6 de agosto de 2015

Son ya muchas las mañanas que naces poniendo sogas por estas
     calles
y todavía hoy no puedo saber si anulas los surcos del
     tiempo
o si llueves como ágiles cometas en este último naufragio donde
     se desplegan los tejados con el mapa dormido.
Tan sólo comprendo que me galopas el ansia por esta 
                                                                         [danza cautiva que abre
     la estela
y que remo en las aguas de tu tenaz legado
sobre la herida de una sola ruta.
Cargamos la araña de un tragaluz onírico en este nutriente equipaje
     que traspasa en la espiral el vórtice,
mejores alturas que un astro,
y nada impide que en ocasiones me adviertan 
                                                               [las semillas de otras horas
o que te viertas con un espasmo de origen en la colmena.
Pues al principio de cada sol olvidamos la fatiga,
con un tajo más, con un muro menos,
y lamemos entre los dos el sexo a Venus para continuar rodando
     en la misma embriaguez.
Aunque ¿quién guía a quién en esta alcohólica galerna naipe de los
     suicidas?
¿Quién de ambos es ajeno en este taller del artificio a los enjambres,
     entre salivas y mástiles desgajados sobre cenizas?
¿Dónde está mi ancla entre estos vestíbulos por los que me
     retuerzo como la arteria de un incendio?
En cada arroyo donde aguardo mi semen me interroga la
     bitácora.
No te burles de mis huellas en este tránsito del crimen;
no me arrincones ahora con tu falsa ingenuidad 
                                                                         [de luna extraña en todos
     los parques
ni me explores quirúrgica y célibe contra el mimético suburbio
     de las ojeras,
ya que nosotros no fermentamos ningún manual de una ardua lucha,
ni tampoco hogueras enajenadas por el mismo barranco,
sino tal vez apenas una oscura inminencia de algún estupor sin
     hechuras y sin umbría que vence en el caos.
Alúmbrame de nuevo en esa materia desconocida con que piensas
                                                                                                         [la verdad
     de este silencio para brotar la llama:
tu signo de quietud hacia la losa.
Has agitado tus traiciones en la piedra,
bajo la porosa arista de una cerrada y absorta sombra.
Has amputado ecos, oleajes y arenas lapidadas hasta el estallido
en esta prisión entreabierta que únicamente penetran 
                                                                                   [los pulmones de la
     muerte.
Has horadado en la fiebre del ocaso y el vacío para aniquilar esa
     claridad celeste que todavía puede leerse en los pedregales.
Has tachonado la duna en un aullido y has usurpado las manos del
     amanecer incorporadas a las laderas de la montaña.
Reposas cubierta de lodo y de vigas suspendida.
Y todavía te inclinas ante esta malla de nervaduras y de insignias,
bajo las varias pendientes que inmiscuyen tu rumor con el légamo del
     exterminio,
mientras arrostras grimorios y triunfos igual que la sién de
     los déspotas
o igual que una escolopendra que se pervierte en un olor estuoso,
para entregar todo tu depósito de estragos y de enigmas al
     íncubo esclavo o la burda bestia:
esa ley sedienta de las últimas tormentas,
que enhebra relámpagos a tus pies,
y que será ignorada por guardianes y por visionarios.

                               6-agosto-2015