miércoles, 5 de agosto de 2015

Más obstinado que la redondez urdida por el aire
                                                [sobre la encrucijada de
     un cuerpo,
aéreo como un desnudo,
armónico como una criatura mortal en la música
                                                                      [de infinito,
sin talle, sin crueldad, sin penas ni súplicas,
Así era su camino hecho desde los perpetuos
                                                    [colores de la sombra.
Aunque inocente, permanece una luz que incorpora
                                                             [con frecuencia los
     tropiezos de cegueras.
Es una quietud que busca y que te abarca quebrando las
     aguas.
Ahí, en alguna fragilidad, es torpe tu breve reverso,
e incluso las dichas ajenas y todavía los gritos que nada
     prometieron,
además de los párpados herrumbrosos que son
                                                               [rotos corazones de la
     lluvia.
Acaso todos deslizan un júbilo ronco en las tormentas por
     donde te arrastrarás,
pertrechan tus olores de noche en el colgante de lo remoto
y oprimen en quebrados espejos los relámpagos para
                                                                                 [tu terror o tus
     heridas.
Sucumbe, sucumbe bajo las alas como la risa de la arena ante el
     barranco.
Un pájaro habrá girado la rueda;
un pájaro la guarda en un viejo nido, junto a viejos senderos
     y viejas nervaduras.
¡Qué zigzagueo de atributos al hilo de la nostalgia de la salida
     hasta la meta!
Crisálida a crisálida, regresando
de un ovillo a otro silencio, de una máscara a otra tiempo,
apresas con cada palabra a ese idioma en que te repudiaron
                                                                                        [desde tantos
     muros:
una isla de mallas o de redes donde cicatrizar tu nombre de nuevo
y poder afirmarte, aunque dudes, cruzado una vez más por los
     puentes del sueño.
Es esa la huella, esas son las pisadas, esas son las llamas que rozabas
     amable,
concretadas en la fragua de la sangre,
apenas perfiladas por el vértigo insólito de la araña.
Ahora cincelan raíces y lunas en la calcárea fiebre
     de los días,
troqueles supurantes que ahora gimen, que tambien se debaten,
que se dejan en olvido por la argamasa de irremediables fisuras.
Entre la oscuridad y el aliento, si no alcanzas algún resquicio,
     te aniquilan.
Enérvate, lame los añicos precarios, los minutos que te
     cercan en el laberinto.
Desmenúzalos con un desparpajo tan urgente que despeje al extraño,
a esos dedos de la guadaña que se solapa en la añoranza y la
     soberbia.
Tan sólo apresarás un vaho de nieblas y una junta de espumas.
En ocasiones, muy pocas, un presagio para los barrotes y el mimbre
     de tu horizonte.

¿Y quién acunó las pupilas, con su trópico de resinas desoídas y de
     orfelinatos acantilados?
¿No fue nada más que un golpe opaco,
un objeto en el sudor claveteado a las puertas de una batalla?
¿O un regazo mustio donde se acurrucan las cucharas y las trenzas
     de los déspotas?
Aprieta los puños para oír.
Esa pared que retratas temblando en tu pecho es tu sepulcro delator.
No me veas únicamente como a una cúpula o como a un virtuoso
     atento,
jamás en alrededores y nunca hacia el centro del misterio.
Pues incluso allí cada eco disminuye con el último aliento,
cada sonido se escama con la calima del nuevo mediodía,
cada sierpe embriaga, se excita y vierte su plegaria en la roca;
pero la espiral en que ronronean fustigadas las malezas de la niñez
esa es la espiral que acoge unas malezas profundas sobre la
     espiral de tu camino.

                                              5-agosto-2015