miércoles, 12 de agosto de 2015

Fue obligado el terco, ávido sopor del cadáver entre los cipreses
para que tú habitaras mejor que otros esa paciente víspera,
ese hábil párpado con que deben callarse las esperanzas
cuando nada consuela su ilícita vigilia,
cuando en las arrugas
-esa numérica vastedad cierta-,
ardemos, vacíos, las sustancias y los huesos que silbaron en
     nuestro error
incesantes alimentos cuya humedad no moldearemos nunca.

Fue obligada la tristeza de aquellos cansados comedores
que furiosamente sedujiste con agujas y platas cóncavos
para que tú oyeras agotando el espejo con tu espejo,
tras la sudoración de las cánulas,
con tu cuchara viuda guardándote todavía antes de
     ser avistado,
porque era tu espíritu la atribuida mendicidad
para unas alas que narraban los ojos desde el inmóvil
     armario.

Fue obligado el purulento vértigo de los muros,
su segura lejanía, su ocio sutil entre atravesados meses
que tan sólo condujeron escaleras de interior a tu veneno,
para que tú corrieses pesadamente de portal en portal
como una grieta donde la cal convoca baldosas crueles,
mientras depositan, en la hora reciente,
las cabelleras que desgarren malditas su frenética blasfemia.

Fue obligado todo lo que mantuvimos en tu baraja,
lo que contigo descendemos tras el aceite en las uñas,
para conocer qué pesado torno te horadaba
e iluminarnos así,
con la esbelta llama que despreciaste bebiendo.

Porque tan larga singladura
es el tempestuoso ábside que porta las muchas turbulencias,
aquello que retiraste cuando hilabas, hacia un letargo de interior:
labrados temblores,
cierto cráter que murmurase tu pureza cerrada a la incógnita,
esos fríos tímpanos aproximando la negación
donde la puerta es tan sólo un sucesivo intercambio de cerraduras,
las corruptas causas, las oxidadas arterias en que te proclamabas
con el pobre referente de quien aprende desolado, en el suicidio,
hernias del censo que después
castigarán el lastre del sudario en relentes hielos.

Tú fluías entre tantos cuchillos...
Apenas sacrificabas en los huertos la paz que encaneciese los filamentos
     de tus manos abrasadas de montañas,
restituidas de andenes, por desagües suburbiales
que excitaron los mimbres con el sencillo presagio de las rodillas,
entre estiércol y pájaros.
Tú pisabas el sueño sencillo.

Pero ningún incienso restañó tus calles de necias fiebres
-círculos amordazados, signos trenzados,
donde la esclavitud arrastra ubicuamente su opresora sintaxis-,
ninguna letanía acudió ante los portadores de la sierpe,
ningún percutor saltó sobre esa danza
que entre obscenos tambores, déspotas, látigos y güadañas
elevaron la parálisis a tus banderas;
y un instante nos entró dentro del laberinto un tóxico gusano,
desafiadoramente,
en el inestable temor donde anidaba
el índice silencioso de tus mejillas.

Ahora declinamos en una balanza sin nervaduras,
por un reflejo perdido como un hechizo de enlace con el desmayo
     eterno,
inquiriendo al presidio del más oculto grisú
lienzos fértiles en lo más incomprensible de las antiguas llagas,
edades que a todos nos borran, que a todos nos esperan;
pues no es la transparencia del dolor errantes rastrojos
-escombros y máscaras que anegamos
para matar la infección de un tenaz manantial-,
sino acechantes delaciones de un destino que ocluye nuestro aliento
con la espuma del pasado amputada como cobardes raíces.

                                       12-agosto-2015