jueves, 13 de agosto de 2015

¿En qué recurrencias se inició?
¿A qué raíces o a qué Lupercales asistió para poderlo atravesar con
     tales principios?
¿Y cuál fue su lienzo entre tantos soliloquios bajo la soga como
     pretextan el sándalo y la cicuta?
No la boca vidriosa, la procreadora hacha del cataclismo.
Pues opuesto fue tal vez el hueso,
la médula escrita por la rabia de anquilosadas
     bengalas,
un tumulto ancestral embrujado a los pies de una muralla donde
     palidece la erosión;
pero el sexo es seccionado y arde en su alarido a quien
     lo embriaga.
Trema y carece de trasluz como el bisel de lava que diluye las
     herrumbrosas compuertas
y jamás logra borrar con finas pleamares el carcaj y las
     armas.
Es como un gorjeo que titila en el barro.
¿Y son esos los estrépitos que biografía la muerte?
¿Qué astros copuló para activar el velo de las canas?
Sin duda de colmenar en colmenar tejió la malla, se zambulló en la
     saciedad
y halló un canónico rumbo en la submarina pasión donde anidan las
     diosas.
En principio se pensaría un mínimo equilibrio
                                                       [que cada quien vaticina
     en su llama,
o un aire entornado donde naufragan dardos y arterias,
o quizás un eco de vértigo en el que brotaron sin rostro los
     silencios.
Pero otea un ciprés que respira como un solsticio al que acuchillan los
     dientes,
un tictac que araña al rostro de la voz, a la sangre del relámpago.
Y así todavía profundiza sobre la nada con lunas
     y con misterios.
Murmulla por espinos e icebergs y todos los diapasones interrumpidos.
Te taja el sudor y tu pesadilla revierte en escarcha, en emboscada,
     en insidia.
Te vencen vanidades integradas de arrebatos perversos y trepidaciones
     de la rabia,
de soldaduras entre un éxtasis caduco y un fragmento del vicio.
Acoplamientos de geometrías, pluralidades que se ajorcan por el
     escorzo y la sordidez,
bestias que se consumen con la inercia del compás torturador,
torniquetes eviscerados, vulvas necróticas, asfixias incólumes
     y roídas,
crines de derrotas, semen ególatra y babas de hartazgo,
caries anales como cenotafios, esquizoides como ojivas, orines
     como billeteras,
masas en tromba como las cornetas para el diurético fieltro de la
     irrealidad.
Más acrobacias del trueno, más embestidas del tridente,
otra alucinación nacarada sobre el esperma alusivo: "pudrir
     definiéndose",
y que fluyan los excrementos.
El signo del verdugo y sus macizos artilugios de
     redentor del averno.
Está todo el rigor de los métodos ante las brasas.
Así como la mudanza de la víctima será la definición de
     abismo.
¿Y qué encuentra aquí la muerte, ya obtuvo su galardón,
con esa escolopendra en lugar de la mortaja y esa sierpe acariciando
     su halo?
¿Es rebelde el interno o viperino el grumo de la tierra?
Quizás busque un efebo malnutrido y compre con ascésis el introito
     del ego
acechando la duda,
impune tambien ante la obscena presión de la fiebre,
en el placer de la inquietud, en la ceguera que viste los
     morteros de la culpa.
Pero tal vez su absolución sea con el encubridor, tras suplantar
     rendijas y máscaras.
Tal vez no agonice con la miel ni con el paisaje, sino con la levadura del
     delirio.

                                                   13-agosto-2015