martes, 11 de agosto de 2015

El miedo es áspero, hondo y sin puertas.
Solícito a los vencimientos del anhelo como el vicio o el asesinato,
cautiva cada estertor que se apaga sobre los cuerpos íntimos
     del ansia.
De una verdad de la piel a otro ayer, del retorno al aullido,
obligo con mi misma exactitud la trayectoria inútil, el encuentro
     arrepentido.
Finales y principios, desiertos y vergeles, vidrios y espejos
alimentan este camino cuya erosión se lía y deslía con los
     éxtasis,
se describe con el apremio del paisaje y del sueño sobre el muro,
se reduce y se eclipsa con cada náusea en la sombra del
     presagio.
¿Y quién avistará las entrañas únicas, las que salivan como el sudor de la
     calumnia
y se abren a la serpiente entre renovados sexos espesándome la desidia
o estrechan sin acomplejarse la lujuria de los arcos, hacia el eje de la
     espiral?
Aniquilación o intimidad, no llego a dilucidar los órdenes del
     crónico estigma.
Confuso el tránsito desde esta noche, donde observo
                                                                         [los límites y soy la distancia,
donde todo y nada entra en conflicto como una enajenación,
un caos de la palabra o las adyacentes caderas de una herida,
y consume la dificultad de tanta paradoja en frente y bajo las cosas.
Pero existe un barro propio a quien no puede doblegar el fuego,
que empapa todavía bajo los harapos y las nieblas
     de mis escaramuzas
mientras zumban los párpados o hincha los dedos la lucha cruenta.
Excitadas están con sordidez mis espinas; marcadas con ceniza.

                                        11-agosto-2015