viernes, 14 de agosto de 2015

¿Dónde roba el tirano sus llaves de chatarra?
No existe ninguna antigua ventana en la bondad indefensa que mueve
     este corazón;
ni un hongo insomne bajo la inútil servidumbre de los
     espejos.
Ninguna aureola;
nada que congregue dragones en estos corales que envuelven su
     experiencia en los ojos:
mis rutinas sagaces,
mi terca costumbre diaria contra los métodos feroces de las
     mandíbulas.
Y aún así baila el idioma como un plancton tóxico,
o como una caligrafía excéntrica;
quizás como un cuervo en su hora de burlar el ciego entorno de
     la ingenuidad.
Ha sucumbido la inestable confianza en mi balanza juiciosa,
asignada por el barro de mi perfil y por los puentes que
     a nadie detienen.
Las cosas desprenden una antinomia evasiva en este eco que
     tararea el barranco.
Dejan caer el blanco símil de cadenas irónicas para la contemplación y
     el éxtasis,
desaprueban la piedad para el astro estéril,
extinguen sus nombres en esta vagabunda, cerrada matemática
     de la madrugada.
Ahora son radiactivas ínsulas.
Son continentales erupciones en tosca respuesta a mi edicto paupérrimo.
Se ha interpolado la moraleja:
mi norte ya no es mi flor vampira.
Se han multiplicado las trampas:
el perverso soborno se conjura en la telaraña de la intemperie.
Y ninguna realidad que hilvane los objetos indemnes a sus ocultos
     lugares.
Y ningún credo que permita expiar esta ácida alevosía
     que me desgarra,
esta frontera de un no lugar que me paraliza en su estrangulado
     porvenir,
un poco menos azul a cada instante.

                                                   14-agosto-2015