lunes, 3 de agosto de 2015



                                                      A Norma Segades-Manias

En la región ahogada de la brusca escalera,
detrás de la boca de campo con velador,
tras el reloj inmóvil debe de hallarse, o bajo la tachadura
ausente, en el dorso
de silencios. Debe de hallarse quizá más allá del fallido
     carácter de un traseúnte
maníaco de alguna ciudad, o en la cita del cuerpo
cuando todo ha desnudado los interrogantes.
Yo me callo si es última la luz
amarillenta de los ruidos torpes, el fondo inútil
en la caverna artificial, sin versión de la sombra,
el muñon de cualquier sigilo, la rancia piedad del crimen,
la añoranza profunda en mitad de la mentira que amarga
     al muro inconcluso.
Yo me callo si es último apartar la luz verdadera
y entregar a la edad por la herencia y el hambre,
como si todo hubiera muerto en el grito del árbol.
Me callo si es último dejar sin utopía al viento  de
     la palabra,
estremecer el cerrojo, las fauces del humo,
habitar bajo las paredes, de frente a la desdicha,
o retener al ladrón, ante la fatigada luz.
O si incluso es mejor la locura del buitre en la
     telaraña de una intemperie
brutal, o en la extrema huída de la carroña con
     hongos de estiércol
desposeerse de toda fuerza hacia alguna parte, o si
es quizás preciso aniquilarse en la muda conciencia de la
     sangre,
haber arrancado en la corteza aquel viaje,
tomado por albergue tras un coro de puños, un
     aldabón
de jaulas tras el estío, hacia la clausura.
Asumo el hecho de que fuese totalmente necesario
aherrojar al extinto tejido hacia la arruga
     del abrigo tenebroso,
haber mirado cicatriz a cicatriz la violencia de la entreabierta
     mazmorra, que inventaría tras cada vieja luna,
y haber perforado con paciencia en la urdimbre, en
     el ojo roído.
Haber palpado la gruta de la obscuridad,
el habitáculo de la cicuta, aquí donde toda soberbia late
junto a la viuda obscena. Haberse desgarrado en el
     naufragio;
haberlo pronunciado sin tacha en ceremoniales
                                                                  [cuadernos de infinito
o de protesta. Haber murmurado con sed o espanto
al insomnio
o la nada en retorno, y haberse entonces proyectado y abierto.
Es conveniente saber reagruparse con la indigna asonancia
que nos ataca en plena hemorragia y nos disuade
     y nos aniquila
hasta el pimer gesto. Conducirse entonces por
     largos caminos,
entre los laberintos y la desazón, sin infierno
     donde postrarse ante el aullido del lobo,
y así, devastados, no ceder y entrar a la luz inolvidable
y seminal de la buhardilla del alma todavía con aliento.

                                         3-agosto-2015