viernes, 24 de julio de 2015

Jamás ningún acusador placer consiguió suplantar el hambre
ya que arrojé el semen en iconos goteados de cada orden
     del alma.
Ni avance alguno tronzó este cauce con sus
     brazos de metal
ya que de encrucijada en encrucijada una voz de tierra los alzó
                                                                                               [fuera de la
     tiniebla.

Nada se agita hoy.
Un vientre ampara
agazapado entre los escombros de luz invencible
resbalando en la noche el espasmo de la mañana.
Continúa el reparto con un rastro de escarcha la columna inefable,
el primer fogonazo del otro mundo,
para saciar en cada montaña el pozo oracular que traerá
     sus dones hacia esta casa,
un hallazgo de estallido
y las piezas de su verdad
-una tierna ventisca con un tacto de salitre que jamás cambia-.

Nada se oculta hoy.
En la raíz de cada espiral
el tahur toma muestras con un pigmento de contrición entre las piernas.
De nuevo de la orilla se adhiere el éter,
otra vez del margen que se sostiene como un muro sobre su destino,
hay un guijarro que tan sólo a escondidas duerme contigo,
que trepa por el reflejo único hacia el áncora de la corriente.
En ese mismo guijarro cultivaba sus líquenes de aureola la hojarasca
y el otoño, minuto a minuto, reivindicaba su anzuelo déspota
     para la espiga.
Pero ella se muestra magnánima con el júbilo del año repentino
conjugando sobre la fronda de los enjambres rizados los más ancianos
     sirocos,
con una joya despierta,
para que nadie embarque en la mentira
ni desasosiegue las criaturas y el reloj de los cipreses.

Nada concibe hoy.
Yo arropo los lobos en ortográficos teatros que vinculo con
     incrustaciones del abismo,
con púlpitos fruncidos hasta el barro del odio por la maleza y la
     herejía.
Yo salpico con mis cúpulas a todos los coetáneos.
No sobrevive nadie intacto que se aparezca como en un
                                                              [estremecimiento para hurgar
     los océanos,
ni quien inhale vergüenza o augurio,
ni otro que venga por el coral, el acorde o la forma.
Nada más que este surco de pubis hacia la espesura,
donde apenas es larga distancia el extremo de lo percutible,
donde las falanges engrudan bajo su longitud de espías del uno
     el porvenir de la roca,
donde los cuchillos de las matanzas se anuncian en una gama de
     ruidos o errores que ningún otro astro acierta inclinar,
y desde cada embriaguez se llega de nuevo hasta el rellano de la
     misma superficie.

Éste es el vértigo abrasador en la mezcolanza de los frenesís culmen de la
     abstinencia
que informan a la jeringuilla de una sola patente,
la alucinación dentro de una acústica donde nada puede salir.
En ocasiones sus celadores aparecen para usurpar cada inválido
     por un pájaro en sombra.
Entonces miro la isla del desencanto.
Se exhibe lasciva igual que un coro de orines.
Penetra como trago cáustico bruñendo para mi piel una
     mortaja de zángano centinela de la extinción.

Mi tiempo ya no es otra cosa que un cirio cazique,
un tejado corroído,
la anexionada taxidermia del vacío.

                                            24-julio-2015