jueves, 23 de julio de 2015

En cualquier lugar que sea binomio la cicuta del averno,
desnudando al completo la ceniza,
las brasas doloridas dibujadas por heraldos esquizoides,
se oculta mi timón hostil entre blancos disfraces.
Mi camino es el que jamás deja de repetirse.
El que habita espejos clausurados detrás de la bestia,
espejos que se enredan luego con un destino en el que hilan
     los monstruos,
con mausoleos de augures detestables que viajan como anécdotas en
     la sombra,
con perfiles en cáñamo que se construyen los rostros del crimen y de la
     impiedad:
golpes roídos al barro en los efímeros mapas ásperos.
¿Y ya este mismo hado ungido tan furioso
como el otro que retorna, incauto, secando a mis látigos?
Este camino no contiene hambre ni encrucijadas,
y, de súbito, muerde,
martiriza como déspota desde las heridas hasta los muñones de la edad
haciendo arder en cada fauce sus altivas cadenas de verdugo
o ejecutando al palpar alguna extraña víscera,
o prometiendo falsos futuros a las cabezas de
     los eclipses
que se embriagan todavía bajo las grúas.
¿No oyes cómo se tronza desmemoriando sus muelles entre dos
     bitácoras insolentes?
Incluso no hay cuadernos ni mapas.
Allí donde existía una maltrecha guadaña se masturba una trampa
                                                                                                     [por miedo
como un reclamo impúdico para los cadáveres de los derrotados
     grilletes.
Los árboles que crujían el rumbo al sur enloquecen a
     ciegas
hasta proclamar a los rebaños hirsutos que me señalan con
     sus pezuñas de sangre
y agrian el cuerpo con su preñada gelidez,
en exceso gélida.
¿Y para qué precisar a un ángulo donde poder gemir en vano con la
     espiral?
Se deslía la runa
y huye de mí esa promesa de tentáculos con que se corta el abismo
o me ciega la infinita némesis de un verdugo próspero.
Las mecedoras vierten en los vasos sus carbones de cremación
y horadan como larvas con su ansia de carne que desastra la más
     mínima tregua.
En ocasiones brotan cardos entre los que se retuerce mi mortaja
     despareja
y tragedias corruptas se accidentan bajo mi nido con sus sierpes, sus
golems, sus sinagogas
esculpidas como úlceras en la celda ártica.
El terreno es un vórtice que me engulle con la exactitud de un leviatán.

Y siempre, en todos los recovecos,
este costreñir de noches que agotan la órbita de mis miembros,
este perímetro de cal barrera de ningún viento,
este barracón de alambres reescritos por la epilepsia incesante del silencio.

Meteorologías ácidas como un muro de radioactividad,
remisiones con las que un herrumbroso cuchillo me posibilita algo de aire
     en este camino.

Yo con la certidumbre y un monograma en la orografía del honor.

                                               23-julio-2015