martes, 21 de julio de 2015

El zahorí febril empuja con el azar
los colores nerviosos que sujetan modélicos su palabra,
y todo le arrastra. El tacto se vuelve viento
en el mediodía agrio de unos caminos
que hallan su vértice en un pequeño guijarro húmedo.
Ahí, en el silencio confuso de la soledad
se viste, digna, la sed de una raíz,
el prohibido ritmo continuo.
O quejumbre de un riachuelo, y un ardid, en la tierra,
en el surco empedrado de un dique oscuro.

Del protegido lado de la corriente,
lugar de pliegues y narcosis,
o púrpura brecha
de hojas roncas y de arenas ligeras,
por momentos, transportados, se fruncen ángulos
que embozan el canal más honesto de la ebriedad,
y un muro enfatizan único y notorio.
Es alguna pena privada ese obstáculo primero
en olvidada grieta astuta,
formas para oler, o detonarlas.
Y un alga atraviesa, para el ansia ciega de la ignominia,
esta impetuosa grieta, y encuentra una antigua puñalada,
que es locura sin título,
helado metraje del reloj.

                                         21-julio-2015