miércoles, 1 de julio de 2015

Donde rumian las vigilias de los insectos y
una advertencia de vuelo disfraza y vence
la ceniza del dolor devorado, incluso ahí,
el instante en que las sepulturas disecan el tiempo,
una sombra que se adensa y la grieta
que se retuerce en un eje de laxitud

con el embozo de horas híspidas, las bocas suplicantes
fluyen sin apremio, parpadean a pesar del solsticio:
mientras las brújulas lubrican las escamas de la herida
ellas se yerguen a los hilos del meandro.

Y en una veta de pus puede filtrarse, incógnito
bajo el subsuelo de su colear en efluvios,
un viento acerbo, una esclavitud sigilosa
en los laberintos del prodigio inconmovible

cuando plenitudes tórpidas y tirantes
funden la vertical ciclópea y viril,
tras haber hinchado y desflecado en la malla
el rayo de los siglos, prensado
y anudado cual crisálida extraña,
del carbunclo huérfano que bulle
con el tahur sudario de la llama.

El arrabal odre desde la entraña mancilla
el fermento solo, ignorado y enemigo.
La célula se ha protegido de la pedrería
de los alcóholes embusteros, vencida ella,
vaciada y diáfana, sin mejor arco
que el matiz acíbar de los reflejos.

Niño y portento, brote de helada
 en el pórtico de la elipse:
usufructo a las orbes de sueño. Atrevidos
sus párpados navegan la lepra más dura
aunque dudan, retocados por zigzags matemáticos,
para trazar en garras de incontinencia y odio
el esguince impotente de las arterias albinas.

Con sus tenazas los ocres alertan espinos,
mienten, sus termómetros ocluyen
en el jamás los meteoros;

en fiebres reservan sus redes
contra la rutina de la fuente en ascuas.
Un caos de escombros. Galerías últimas la protegen
tensionada a las orillas votivas y el irradiar de la caterva.
Un goteo inasequible: el estadio réprobo
de la extinción.

Al pastor incluyeron pero se negó.
Impertérrito para la fatiga iluminaba sus manos,
prudente de no rasgar las paredes anónimas,
humilde engendrando el nácar de los morteros.

Un hito entre las antorchas el pie terco
que saliva la llama. Se exterminarán
los verdugos delatores, sus vísceras;
incluso los tenues aromas del metal finalizarán
sobre el vórtice. A nadie encerrarán
mas que a las cortezas de la raíz del tránsito aunque
despellejen el iris del origen. De sus inciensos
se elevará la simiente párvula aunque los enhebren
a la armonía del azar.

                                                 1-julio-2015