viernes, 10 de julio de 2015

Desde la pedriza todavía pura, como un exiliado,
he subido al árbol, triste y feroz,
traído por la anónima pereza de la estación del silencio,
vagabundo de la noche, caminante entre hostiles.

Es un silencio invadido, es una soledad aguda
ésta que preña el estío, símbolo de mi nombre,
como un rosal absorto que nutriera este diario
sobre el que se derraman las espinas ebrias.

Lejos quedaron mis rincones, fragmenté todas las esferas,
las palabras centrípetas, por si algún cuaderno
que deshilvanara su tiniebla ansiara detenerse
entre un arrobo de ruinas y sencillos muebles pútridos.

Y desde metales y humildad tambien afirmo mi color,
afirmo que cuelgo de nidos lapidarios, estrangulados,
en medio de este enramado donde brotarán nuevos meses
y en martilleos turquesa el rayo absorbe mi sangre.

En oleadas abstractas las arterias del idioma,
insomnes, cercadas, golpean ahora el silencio.
Junto a los huesos en cenizas la luz estremece.
Está la muerte en celo, sus huellas me asedian.

No es nueva esta continuidad. Tampoco lo son las fábulas
que me devoran la médula ya que entre ellas maduré
y así me transformo entre engranajes difíciles
y la edad amputada como el beso de la expiación.

No es nueva esta continuidad. Es mía y se prolonga
como una urbe gregaria. Aunque quién a poniente,
quién ignorara su pasaje para olvidar cómo extenúa,
cómo sofoca en la elipse, cómo subleva el fuego.

Para sujetar el sueño he plegado mi veneno
entre púbicas urdimbres y abruptas honduras.
Hoy, aún imberbe, me precipito a las asimetrías
escuchando las crines, reo de la tarde.

Porque todos los caminos pelean por un gesto ausente
que escama las montañas y ciega los embriones.
Trayectos donde aúllo mi espera incompleta
que es un criptograma de la distancia y es mancha y es cóncava.

                                        10-julio-2015