miércoles, 22 de julio de 2015

¡De nuevo la crisálida abierta en la boca!
Me amarga el azote en que dialoga
como un vasto océano, infeliz, el origen.

Aúllan todos los enemigos
heridos por una ciencia chorreante
que ya cultivó mi sepultura y ebulle.

Lloré en una hediondez donde la víbora no encanta,
desde el fuego de una llaga eficiente y bella,
desde la inmensidad de un gesto todavía inexorable.

¡Éxtasis de cornezuelo que cuajó un albedrío de colmenas!

Sobre mi horca estoy gravitando.

Mi horca de trágicos quijotes en que tiembla
como un aguilucho ingenuo la vida.

En este gesto me está deformando el subconsciente.
Me deforma muy adentro, donde la verdad
crispa como un sinsentido.
Me deforma muy adentro, mal
vidente ante la fábula terrible de la rutina.

En su día cedí a la costumbre el oráculo
con que el desprecio se ensaña tras los huesos
y se atravesó en los ecos
que para mí la espadaña ofrendaba.

Ahora no restallo otra orilla que ésta,
infame, de la congoja hendida en la que tan sólo
el rayo goza.

En las orbes anárquicas este himno
de paradojas poliédricas
no floreció en mis músculos.

Era suficiente la actitud,
untar los amarillos como respirando,
partir, entornar los ojos rústicos de los campos
y armonizar la piel por un astro y hacia otro astro
como en un dueto de un solo cosmos.

Bastaba evocar la espuma deshojada
no plagiada jamás
por un invierno.

La gotera gris que nos exige mortaja
cae sobre mí, me enferma
con bruma de cosechas entre las vísceras.

Desocupo al niño y se desangra el sarmiento.

Los pianos maduros, los atillos que habité,
el camino que deseaba concebir eclipses
con su verga ebria
se deshilan, como el guijarro que se sumerge en el recuerdo.

Mi crepúsculo, edificado según su humo,
como una línea borrándose, se desvanece.
Y yo inauguro un nuevo miedo. Y abro el juego.

                                 22-julio-2015