jueves, 2 de julio de 2015

Con el parpadear de los dogmas semeja
que venciese una dialéctica, sus leyes broncíneas,
y lo que este ecléctico cuerpo ha atisbado:
el alma de la fuga. Las edades del reloj
sesgan la corriente de los muertos,
hacen camino entre cuervos
y lodos extraños, coleópteros arcanos y laxos.
¿A quién persigues, armazón infatuo, en el foso
de ansias hurañas, revestidas de quitina
cual aguijones curvados en las maxilas recias
de mi cuerpo espectral? Precisan su causa
una suma de registros, de cierzos extáticos,
trajes rancios aludidos por la piedra del viaje:
un tránsito obscuro apunta sus hembras a la guadaña
comba de su tierra inflamada.

                                                      El afán,
disputado sobre los cartones a hurtadillas
de viejas máscaras, persigue la praxis sobre
un rugiente magma de esperanto, con banderas a la espalda
se convence profeta incansable que limpia en las prótesis
agravantes egocéntricos, iguales corrosión y barbitúricos.
El trepidar de lo inquisitorialmente cínica que es la mentira,
los sistemas absurdos y la sentencia extrema: esto
es el paraíso blanco, forja y égloga,
agua verbal; el negro, disidente, cloaca,
el sudre del agua y matadero en la fetidez
nunca juglar para las esencias secretas.

La pedriza nos reclama a la estela del mar,
nos infunde su historia, se modelan paredes de anhelo
en las raíces que lloran. Con trayectos exhaustos
nivelan el vértigo los áticos en los ligamentos del polvo.
Eclípsate en orgías de hambre: es un cuerpo prestado
que ruge con la tierna juntura de ebrias cordilleras:
los espantos de unos apagados postigos, las gravedades ausentes
de escapatorias atómicas, cabelleras congénitas y lujuria,
los estuches de la paz y los acosos, futuros lobos
y la mancillada ley de un tablero,
las criaturas de urgencia, el cuadrilátero de la batalla
y la pesada fiebre, amargos héroes,
los fulminantes venenos y las exactas cenizas.
Así, adolescencia de las ruinas, divorcio de la ira,
y que la danza se empalague de un breve concierto:
ardides del ayer.

Aunque este desencanto ha validado la estirpe
de místicos locos revés de los rincones
de las navajas para legiones despóticas, revés
a las masas temibles de ollas anárquicas,
revés a los vahos dentados de la alquimia.
Y los vinos galopan a pesar de la música
de los candiles; percutores invasivos en la aritmética
del epígono humilde, hacia un trapecio más docto,
discretos injertan la babel añeja
y rozan la paradoja, el escalofrío de la iconoclastia...

Erógena es la cumbre, es la ley en su género,
y las lanzaderas de represalias se despeñan sumisas y dóciles
en la intemperie abisal del origen. Se presiente
un pesar necrosado del parásito desdeñoso
que cobija harapos, orquesta aquelarres
al esperma arúspice, atrapa pertinaz los grumos
que detonaron el destino, despoja las urdimbres
con éxtasis. Ligazón de los ecos
que desandan los presuntos compases pródigos:
iluminadora osadía.

La urna de quimeras zahorí, báculo
del néctar del cuerpo, el acreditar indecible
con que en silencio anegas al sueño, inflamado
por los poderes invasores, las vértebras
inanes bajo el árbol de urgencias irresueltas.
Sierpes que precintan los oídos de los talismanes:
secreciones en la mortaja última.

                                      2-julio-2015