martes, 2 de junio de 2015

Tu síndrome originado sobre el equipaje vertical de los viajes
junto a la danza de un simétrico polisíndeton babilónico,
tu síndrome bajo el desvarío poroso con una gregaria hazaña cortante
desde los cauces de las sienes a la astuta hora de transbordo,
diorama de ritmo y noche en el incógnito original del nombre,
apetito donde los colores ríen u orilla donde los adioses
     menguan,
curtido y blindado atuendo altivo en los abordajes de
     subterráneos;
varias escombreras de aullidos y gritos por el mismo fuego traducidos,
fuego que respira su rencor sobre los incendios y cenizas de voces,
rápido como resplandor de orujo para carcomer el asalto por derecho
     de las caricias obtusas,
fuego del silencio, estólido entre el tedioso puño de la muerte,
donde los golpes hurgan la oscuridad muda y funesta de su
     terror,
y los cartílagos íngrimos empeoran el lóbrego mármol sin celo de sus
     límites.
Tu síndrome en los venenos transcritos o en las hórridas garras
     de las vísceras,
en el ácido pánico de los charcos donde los fósiles resumen su
     pavorosa boca de olvido,
con la misma alarma en los ligamentos de la quimera
donde el crimen es como un cincel a quien empuña un relámpago
donde cada cabellera es como un aceite de caverna que el mal escancia
     en su sexo de verdugo.
El mismo en el paroxismo de las arterias donde sólo se esculpe la acústica
     cacofonía de lo informe,
en las ingles matemáticas entre cuyos efluvios transgrede la ansiedad
     desafiante de los bucles,
y todavía, en la ebriedad epitalamio del teatro nupcial y podrido de
     la cópula,
en el que los nervios y fluídos esgrimen arrebatados por el látigo
     erecto de los símbolos,
donde no hay dones ni residencias y aun los plenilunios son táctiles;
cultivo cuyo páramo es el de un barro sin edad
que asedia piedras entre la montaña y el eco ritual,
suicida como la materna estatura de los cansados muros
que se preñan cuando no amanece sino un sostenido letargo de la
     neurosis,
en el gas reciente, cuando la arena ensordece el tejido de la herida
     en la espiral ineludible de la materia
sobre los sedimentos y la saliva; entre los hilos y las aguas el surco
     hedonista de la estalagmita
como la escena de una violación que aisla volúmenes: cultivo del
     trisquel,
sinergia que alinea su estirpe de cinismo y de mentira;
pulsión de las llagas, sin cualquier paisaje en su ira
ni otro lugar que este de invierno en los estómagos donde dominan las
     esquirlas,
la hedionda intimidad de los humos, las angustias y los presagios
     tóxicos,
donde penetran y muerden también las más infames fauces de la
     ignominia,
el aguijón turbio y negro de los déspotas, de la rabia y de la
     peste,
de los frutos del trisquel, como alimañas de última corriente difunta
que abraza el harapo fugaz del azar o los testículos falsos de la estupidez;
y que como mansos entre la multitud no tienen paredes en sus historias,
sino unos cariados apuntes con que aturdir sus entrañas de la desolada
     herrumbre de la ventisca,
de la mancha de sus hogares, de sus espejos o de sus armarios sin
     tiempo,
sazonados con el lenguaje de los tejidos marchitos o de las escoriaciones de
     cúpulas,
aves sin magnetismo, jardineros de cualquier torre sin filosofía,
porque no hay nada que puedan enhebrar a sus pupilas aquí,
en la mina cáliz de miles de texturas, donde los caminos para el
     hombre son nervaduras del iris de la muerte.

                                         2-junio-2015