miércoles, 3 de junio de 2015

Tu silencio, y el goteo de horizontes
que simboliza cada vértice de tus manos
cuando por la sombra asomas
a las estribaciones de la ventisca, tu último refugio
en la aceptación de ese estribillo
tan húmedo, la errancia de tiempo
al paso de tu asfixia de enigma perverso, tus arcos
adolescentes y la guerra,
todos los trayectos de un cuerpo que habla la transparencia
de sus espejos en un idioma
perseverante,

                        atacarán, atacarán como los pinceles
de una presencia que atacan a las cenizas
labradas de cieno y brumas contenidas, mientras
los apóstatas carcinomas se inoculan
del necrosado esperma y un infrecuente escenario
celebra el éxtasis sorprendiendo
relojes y hemorragias, visiones de aguda extinción,
raptos mórbidos
que elevan su préstamo con la exactitud
de un sacrificio sordo.

                                        Todos los astros poseen
su rebeldía ingobernable, todas las estaciones
se lanzan a ser aniquiladas por una ecuación de geografías,
ningún pliegue se apelmaza
de un improductivo hartazgo cuando el tránsito se infusiona
bajo raíces, y, en el agotamiento,
anida la hora ensangrentada de un náufrago prostituído,
una mortaja que se lee en un muro
de orificios sudorosos
y alucinaciones.

                             Sin embargo, cuando la piedra renuncia
entre olvido e infección,
y, en los bordes de hambrunas subterráneas, la raza
anhela su extraviado puente, su injerto
tomado a la idolatría,

                                      tú, sencillo abecedario
del amor, repentina fumarola,
te escondes bajo las sábanas de otras voces
más densas, embriagas
tus incisivas espinas de plenilunio en un enjambre
taciturno, te nombras escombro
de las verdades, forma de un vórtice
que, ojal de los desnudos en su rota estrategia,
se deja llevar por la imprecisa caricia
que zurcen las cárceles.

                                        3-junio-2015