viernes, 26 de junio de 2015

Te he añorado en la silueta escorpión del impluvio,
callar en el rapto del alfabeto paciente
por el agresor eczema de la boca.
Callar súbitamente como la esclerosis que redacta sus ímpetus
     dilatados
y chorrea entre las órficas hélices del sexo,
sobre oteros de coartada y matarifes incontinentes,
miniaturas absurdas entre un alcohol somnífero de llaves
y estatuas tartamudas donde la casa retornaba su apocalipsis de plomo
y divanes contemplativos son como discípulos serpenteando hacia
     las lápidas iletradas de las alquerías.
Entre los códigos de las armas que los atroces
     dedos
apean en las carnes de la bestia,
tras el ostracismo mirífico en las escafandras de la metástasis
hablabas conjurada
junto al fervor de la turbamulta en los almuerzos,
entre los mirlos de negro cobrizo y búdica de urgencia que
     representan la sutileza de los errores.
Por los croares en mente de batracios y semejantes
donde el pelo untuoso escupe moscas tarugas
y las togas se elevan con la potencia silenciosa de los excesos
y los birretes galopan en risibles licencias azarosas
     cantabas traspuesta.
Con la fiebre oculta bajo el ocasional revés,
la tonta luna entre los dientes
y una nauseabunda psicosis de arte en la edad,
amenazabas miserable
por gramáticas sincopadas sobre las piedras,
por viceversas de abstracto donde la mística pulula sorda en
     las sobras
y los imposibles animan doblados en su rédito esquiroles de
     clásico atractivo.
Y tu grima aborrecía humos de trampas cristalinas
en monturas de éxtasis
y escapabas extraviada en la indiferencia de las huellas y la estela
junto al despojo que corrige al sonámbulo la dirección,
en las hilachas del tiempo que rasura, inexorable, el trance de las
     horas;
entre las fieras que desasean su deriva torpe en los
     vigías
mitigando, como el páramo de un latón herrumbroso,
el chillido impropio del lujo.
Permanecías en la pena infestando tu placer
y era blasfemo adeudarte con perdigueros desahucios templados de
     pavores legañosos,
con costillares inescrutables, entre lúgubres insectos de pellejo brujo,
entre mieles tóxicas como clavos de lepra.
Sepultada en tu botella urgías funámbula
zaherir abierta en el falo de las sombras y los dolores
y estallar en mi parálisis.
En los faroles destellantes de la claustrofobia
el signo extrema su labor alambrado por ásperas
     voces de las ventanas
y el sudor ligero de las redes
remolonea absurdo sobre los zigzags y los barroquismos de las
     abejas.
El rumbo dora sobre la sangre sus mástiles inescrutados
y en las titubeantes urnas de fatigas y medianoche
escalona entre la egregia ciudad de los barbechos
la ceniza anticuada de los murmullos.
Escucha dócil el drogadicto sobre las cúpulas feroces de las alucinaciones
y en el catafalco de los depredadores un león mata junto a la
     máscara travestida.
Bajo los centímetros de la nieve molesta
el amputado lisongea con milagros metafísicos
y el augur que transita un soborno al azar
halla en la jerarquía de las aceras, allí donde
una vez moraron los erizos,
las vísceras herméticas de los espejos.

Soy la brizna de otros rastrojos,
la luz que se deslinda de la aureola tumorosa del sentido,
la tregua de aquellos caudales en la cuchara,
esa víctima que proporciona hollín en el infarto de los cerezos,
la hoja de los ojos desatando la médula de la espina y el
     alambre,
el inseguro genital como un moho canónico entre los panes
     bellos del viaje,
el flujo que se interrumpe ante los muros.
En mis hímenes de fugitivo se calcina el púrpura como el
     saludo a las puertas de los verdugos
y el infierno marca su esfínter fenicio bajo mi iceberg
     salobre.
Soy el puño aviar que traduce de los subsuelos
la forma del odio repelido por el vuelo de los
     murciélagos
cuando las guillotinas apagan el cuello de los epitafios.
Soy la matriz borrada tras la celda,
el crepitar de las tintas milenarias precediendo con sus huellas
     la metralla de las frustraciones,
el tuétano del exilio causante del recelo...

Era el momento en que la incontinencia deshiela maletas sobre las
     camas
y los moribundos cargan un atuendo falso para las bandejas del
     averno.
En el confinamiento germina el silbo manco de los
     relojes,
la lobreguez chirría impenitente
y los huesos, concedido el seísmo a las fisuras,
se hacinan con los dioses sobre barcos a la deriva.
Como al nonato que estrangula el cordón umbilical
el hombre acomoda la elipse burda de sus sendas.

                                  26-junio-2015