lunes, 29 de junio de 2015

Si todavía el silencio habla en mi cuerpo
y tiemblan vientres auscultándome
¿para qué, tierra, calmas el negro beso de tus
     yunques?
¿Para qué en la árida línea besas fría el muro de los
     almuerzos?
Susurra todavía, susurra,
que la bestia me atrapa en su calle de inmundicia
y un perro obsceno
escribe la obscuridad inversa donde la lluvia
implora la tortura enroscada del gusano,
y los clavos, y la cruz, y la noche escupen
sin atravesar jamás su eco infinito y afilado.

Con el rostro en equilibrio,
sobre la ola dentada que extiende el perlado talón de tu mirada,
ahogo tus sogas en la herrumbre,
delictivo vino no nacido,
nebuloso barro de labios resecos por los rencores.
El arrabal humilde desaparece tras tu aleteo
y las cárceles embriagadas cicatrizan tu filtro de lumínica
     acidez
que provoca hurgar al sueño como grimosa mosca
y eyacula las heridas en agrias carroñas.
Tu espectral esputo, boca única de tinta,
lame el gesto nácar, doble y náusea
que a los torcidos estigmas refleja
el lento infierno de cráneos.
Los imbéciles, como absurdos excrementos de sed
sellan los sepulcros helicoidales de los locos,
que se nutren en cuchillos como quebradas raíces fieles
sobre anos restaurados de éxtasis
y el púrpura y el trono sumergen su pus
en el íntimo núcleo del espectro destruído
ante el hepatoma que crispa vertical con sus nudos
     aullando
los rizomas ventrales.
Escribe la sierpe tu joroba de cilicio,
tu invertido cilicio hambriento golpea turbio
y tus máscaras de cilicio
tumban a los charcos pies de la estrella,
como a amarillo árbol, su rizado hambre liquen.
Los perennes suplicios de niños,
con la verdad aristeía en alambres de azules,
densos de voz, anulan la nieve reflectados en su estigma de
     sinsentido
sobrevolando riesgos que pretenden al ojo,
y su habla balbucea tu germen,
humo exacto de uñas entre orillas,
genios que ostentan la orina con el precio controlado de sus
     abalorios.
Intercambio tu fresco fondo,
y la furia que arredra su electo Pantocrator sumiso borrando mis
     márgenes
me dora un absurdo extraño y enfermo de terror.
Lloran los roedores con tus laureles, y tu vívida hiel,
estúpida y ridícula, empuja sus espaldas malditas
y rebaños de ajenjo se enfrentan al sapo
cual caballos golpeados en la apóstata estela de una
     madre feroz.
La anular águila descuartizada,
sobre libérrimos sexos significa su rostro
al cansancio de la gracia final que se adelanta como verdugo de
     borrados brotes
que caminan, con el prensil espasmo de su vibrato,
por barracones de narcisa cópula
y entre hilos sacros donde se embridan Venus como
     indígenas de metales anversos,
a la tierra, que bajo la quincalla seca de sus nombres
remueve en votiva gruta
la violenta hazaña caníbal.

                                      29-junio-2015