martes, 30 de junio de 2015

Proveedme un zócalo de enebros naufragado en el nunca más lejano
     de la nada,
naufragado contra los resquicios del anhelo,
ahí donde la codicia es estandarte y férvida con el genital de una
     libertad profética,
ahí donde se buscan los lastres sin hallar jamás memoria
     bajo su premonición,
donde se busca cuando el mármol evade con sus repudios secretos,
en estigmas extensos, el peligro ebrio
y las cláusulas merecen la crueldad de un clima sofocante,
y hasta la pólvora rotunda de los latidos es un salmo en el polvo.
Proveedme un zócalo de enebros que ilusione mis residuos,
un zócalo quebrado con la sed de la distancia,
no estas hojas obstinadas de nervaduras,
no estas frondas de trance que destruyen como la venganza violenta
en los vértices de un arrebato vivo,
donde los escudos son malecones ruinosos que no fijan los corales.
Proveedme un zócalo que fermente en mis vísceras
como sedimentos de tiempo en una malla sin luz.
Proveedme sólo un zócalo...
Puesto que mi noche renunció a una cama y yo debo despertar
     sus aleyas.
Y mi extravío vagará entonces como una linde entre brumas
que capitula en la mugre y ninguna pared le hará abolir
     sus pasos.
Una linde de taciturnos bordes edulcorados
que únicamente osará la visionaria agresión de los nudos que la
     enviscan,
sin que su ciénaga salpique en las grietas de los odios
que duermen indefensos tras la piel,
ni en sus manos se abra el bruñido puñal de los baluartes
que devora con el barro hostil de su agonía.
Una linde donde se expanden los límites cruelmente para
      arrancarle geografías
y sólo la arena huye por los caudales avaros
y los desiertos que responderán al fraude de los relámpagos frustrados
     como un veredicto precario.

                                         30-junio-2015