miércoles, 17 de junio de 2015

Orugas me vienen a las lágrimas
enguantadas de gélidos réditos
y algún que otro veneno
cuando el día
tan parecido al hambre
pierde la razón de su estirpe
en las manos y en las antologías,
en la salobre sintaxis del deseo.

Ha desaparecido la gravedad en las uñas,
el adobe agrieta los labios,
la explotación me recorre después de la almohada
y un torrencial viento de sienes
escupe en mis arterias un metálico sopor,
la terrible impronta de no volver a montar
los queridos caballos que tan humanamente me nombran.

Por muy enajenado que sea el adiós
más lo es la falsedad de las posesiones
y esta noche triste engastada en las encías
cuando ya no me buscas entre las rocas
ahora que mi espiral
oculta una catástrofe sellada
y entra y sale de los pórticos
arrastrando la espuma sanguinolenta
de las mordeduras mendigas y el arrogante peligro.

Fascíname preferiblemente abierta.
Que la contradanza de tu sexo aceitoso
ejercite sus amenazas
en el salitre de mis pulmones
y reviente el podrido eje,
la aguja y el grisú
de cada hora y de cada metamorfosis.

Quisiera mimetizarme en tus meses roncos,
navegar junto a la víbora de tu vientre,
saltar en la córnea trapecista
que la esdrújula de ese olor tan tuyo
habita en mis velocidades
suplantando los estrechos donde se ahoga el coraje,
y filtrar las mareas que nacen
en los meandros de tu pubis.

Pero no eres. En mi isla nada predica tu semilla.
Los relojes dan testimonio de una tiranía
en exceso decadente. El singular fuego
es un hereje para el perverso filo
que invade los números y el ritmo de mis vestigios.

Aún así saldré a estallar el fuselaje de tu lujuria.

                                    16-junio-2015