lunes, 1 de junio de 2015

No acontezco en mi calma.
No, porque está dentro como una ceguera en extremo deteriorada.
Como una dependencia que pudieramos ocupar y no habitaremos jamás
mi calma se debilitó hace mucho y yo,
yo que doy pasos siempre por el mismo hilo
y rompo cualquier silencio como si no hubiera otro,
la acuso sin evidencias.

Excluyo la forma como ante una cicatriz sedienta,
como cuando segregamos saliva en otra boca, una saliva
     en vez de ésta
que sin sangrar te pregunta
y pulsa con su soberbia nuestro hambre ególatra,
excluyo la forma porque ni el pánico ante el cansancio, ni un cambio de
     presa
deseo alcanzar para mi húmeda estima
que como un guijarro se deslía en un turbión de agua.

Me he detenido a prolongar en ocasiones una madeja vertical,
un nudo justo o una razón o un esfínter salobre que se contrae
y muchas veces, el movimiento único de una nube en el cielo
me ha abatido hasta barrerme con la reiterada trayectoria de su posible
     infinito.
Otras, anquilosado en la voluntad potente de un signo pesadísimo
me solivianté
como desde un punto desde el cual tocamos una superficie límite
y vivimos exhaustos el dolor que a nuestra atonía se ovilla.

Incluso
ebrio de vigilia como una oquedad ovoide en su vórtice,
mi suprema carencia, que me doblegaba
como una cíclica endeblez cuya pandemia sólo uno sufre,
era la afectación de los bordes de insomnio,
forro de una conciencia, puntal a puntal anclada
donde desperté tambien arriba y abajo.

Aunque ni uno de los viajes con la botella abierta
las texturas vibrantes, sólidas o condensadas, en abstracto trasluz,
esas arenas pesticidas de inerme aliento que pierden al respirar los
     andenes grises,
esas tensas estrategias del nido vacío articulando en los árboles una
     resina débil,
esos hielos del que indaga, irremediable gesto de los gusanos bajo la mortaja
     unificadora,
nunca, jamás, se sostuvieron en mi cúspide.

                                                    1-junio-2015