lunes, 15 de junio de 2015

                                              I

Así, en la miscelánea de la piel, acompasados
     por los fulgores de los relámpagos,
nos apropiábamos de las tapias de la fábula, contra
     los ojos infinitos,
y entre ángulo y ángulo nos inyectábamos
     incógnitas espinas,
como la alevosía con que viajamos obsesivamente
     a veces tras el vértigo.
Acostumbraba desordenar la tinta de tanta extravagancia,
     para no rehacer renglones sino solamente
la caverna,
pero los gestos manchaban
y pretendían contagiar como en una corriente deslavazada
de la que no quisieran desesperar, ni leer el vórtice jamás.
Así creí en la irrealidad de
     vencerme a la vigilia,
tan injustos asomaban la soberbia como
     el poder,
la corriente del vórtice me aturdía en todos los silencios
y la mísera irrealidad se enaltecía de grandes
     gestos.
La amplitud no era humilde, ni inocente el consuelo.
Apelaba yerto a mi ficción como a las
     más extremas necedades,
sin poblar nunca los callejones, y entonces sorprendí al monstruo.
Lo que pudiera ser propio del grito o de la magia,
como un adiós que intuímos sabemos que no carcome
simplemente porque lo alivia la mano solitaria,
la magia brota de los callejones como el suburbio de una víscera.
No como un comienzo, sino como un final, brotando
     de la ilusión.

                                              II

Yo soy el pebetero del portador de vaginas,
     el seminal
monstruo que aturde.
                                        Mi barro
os abrasa como la sed del tiempo. He
añadido un tóxico nauseabundo
en torno a las horas. Soy el que se exilia en
las ingles, el que os chupa, el que hiela
unas papilas blancas como muros con mi último
proyectil. Yo soy el espasmo, el que
excita glándulas entre hierros al rojo.

                                       15-junio-2015