lunes, 22 de junio de 2015

He balbuceado quien.
Bajo la enloquecida tierra que inmoviliza sus variables en la
     mística,
cuando mi metafísica era una acción de piel en un golpe de
     poder,
he balbuceado, deseo, entre los venenos.
Y he creído, igual a inocentes que arrastraran las cadenas de alguna
     cárcel nonata,
no pudiendo fragmentar por su fe el puro abismo de las
     cuevas
y el proceso torrencial de la subsistencia
coronado de puras asimetrías y estratos desiertos
que cuelgan, en sexos de pan, del alero de la psicosis;
una cárcel con insomnios de cobre y zinc
que se desnudan al disponer la preñez estentórea de la noche,
copulando la carne desafiante de las profecías.
He creído, como agua enfebreciendo de euforia los muros y las
     palabras,
una embriaguez senil en el olor cerrado de los cadáveres,
un fuego panegírico
donde osmosis y energía son sustancias que fluyen sobre el pulso
     tedioso del hambre
y el fingido signo del polvo
completa el superfluo idioma de los silencios,
mientras el miedo constriñe de pasadizos ocultos las formas
     extrañas.
He creído las gargantas que degluten hurtando mutuamente,
el ansia del que odia entre excesos
la verdad que lastre, audaz, ciertas conexiones
y en la dentellada del monstruo he creído el aire que oculta
     los ángeles salvajes.
Se sucedían los oráculos que se dirigen a la luz en las
     lindes de los límites,
los que oran a los iconos refinados en la irracionalidad,
los que prohiben sus glándulas de adecuadas fracturas criminales
y los que aman una sola llama muda
como figura de analfabeto rubor, como ruina exaltada en
     lo obscuro.
Traduje los detalles de las ciudades
metódicamente próximos en los suburbios que el coito
     transporta
y las caricias de los esquizofrénicos
susurrando como orgasmo en los espasmos atemporales del trance.
Y la nada de los segundos aleatorios en la alarma de los
     gritos,
cuando se han deambulado cumbres y nostalgias
y aquel proscenio foro artificial descrito en la borra de
     alguna estatua.
Fatigaban como piezas de mosaicos en las montañas las partes de la
     náusea
y hedían incondicionalmente los que creyendo que no
     hay más ácidos
aparecen solicitando todavía por unas huellas que los unan.
Las alucinaciones eran como teorías sobre la piedra,
como teorías cuestionándose entre las alas de su velamen,
donde la lógica cesa entre los insectos
y es larga como una paradoja que alcanzara sus sequías en
     el relámpago inmaculado de las llagas.
Y lloraban confiados los que desvelan una necrosis en sus cabellos,
los que portan pliegues grimosos en los arroyos de
     un destino colectivo,
y éste que en una bitácora de invierno,
cuando las mareas únicas se inyectaban condicionadas al cristal de los
     sedimentos,
eligió incorporar sus utópicas trampas latentes en las cosas,
de igual manera que una crisálida impura bajo la hoja de una guillotina,
y amputó impúdico su ser mismo.
Nombraron ante mi espejo la condición que constituye la soledad donde
     penetra una máscara infecciosa
y observé los guantes en el espanto del que adquiere hasta la limosna de
     un contrario sobre su semen
y mis pulmones se colapsaron en el légamo ante la rigidez exhibida
     del vórtice.
Reclutaron a los restantes
como consorcios cancerígenos que seccionaran atonías en la
     asfixia,
y quienes llegan de colocarse en los barracones
y aquellos que tensan la soga o las arterias,
trepando ya por su médula cierta espiral,
sabiendo que lápidas y urnas ocupan ahora su lugar.

Rajé sanguijuelas y sierpes que me impregnaban la sangre.
Invertí mi reloj para no sentir,
y todas las fronteras fueron por última vez mi frontera.

                                    22/23-junio-2015