jueves, 4 de junio de 2015

Han ardido una piedra donde sólo había un puño
hondo, han inclinado una precisa sombra
donde el aire de un movimiento
estaba escrito, han concebido un reloj
donde unas arenas polícromas
guardaron su peso, una raíz cualquiera,
inercia y nada.

                          Lejanos al gesto del ansia,
poseídos de licores corrosivos
y adormideras seminales, en esta tierra la necedad
dicta sus números, se exilia
en mojadas sogas, estela de una empuñadura
de análoga insignia con la aniquilación.

                          Ahoga el ritmo del dolor, las bocas
se nutren de funámbulas herramientas
e himnos tentadores, sustentan ruinas para otro nervio
tóxico, donde concluye otro camino,
y, tapiada en su substancia, la simiente de la luz
nos amputa y nos tortura.
                       
                           Hay lapsos, cuando el éter
es una heráldica vaporosa
y una memoria invertebrada nos expía las culpas,
que marcamos las huellas hacia otras direcciones
donde las puertas no son costumbre necesaria, donde las paredes
rehusan perimetrar el aire
a las grietas que nos merodean.

                            Sólo un vertebral espasmo
circulará la red que nos eleva;
aunque renegando de la doblez sin fin
de las formas, se ausentará
del vórtice de asfixia, volverá a la superficie acentuada
en donde amaine el obscuro eco
que libere nuestra tempestad.

                              No operará el eje
otra vez su mecánica, la ceguera
fondeará la nómada llaga, la verdadera gravidez
indicio de los vestigios
de una canícula antigua,

                                            y, como un ahora exangüe
por la orilla augural de los laberintos
y los disléxicos vértices, entre una ramificación
de astillas en elipsis y abierta metralla,
cualquier oquedad será un matiz ácido, el arrabal
que nos cimenta tras el voraz germen
de un patrimonio mancillado.

                                             4-junio-2015