miércoles, 24 de junio de 2015

¿Eso?, no, la sinrazón es como una trampa.
Una trampa donde en mala hora caemos desvirtuados.
Una trampa isósceles
que espesa se adhiere cuando debieramos enunciarnos a sus comunes
     calvicies,
a sus acordes bastardos
y a la flecha vinculante y crítica de sus ecos.
Cuando las manos todavía perdidas
anhelan haber corporizado el buche de la extrema altivez de la
     trampa
y un verbo de serenidad se entusiasma en las membranas,
en las membranas que de pronto desparejas
se abigarrarán como la engorrosa nitidez de una cópula,
pues es únicamente el arroyo quien debe vertebrarnos,
únicamente el arroyo con su diapasón nítido,
únicamente el arroyo es tránsito...
Pero la sinrazón,
¿eso?, no, la sinrazón es como una trampa.

Yo acudo dentro de las cuevas que trenzan mi hilo,
dentro de resquicios de nadie,
dentro de transparencias y concavidades y rieles que graben de orden a
     mi tacto,
y en ocasiones me prolongo
y en las moléculas salobres que amalgaman cualquier detalle
clausuro con los pies mis huellas.
Y cuando es condición me historiografío en la ínsula vasta de las palabras
y maquinalmente exudo
pudiendo rumiar el punk hastío de las flautas,
y el fémur fálico de mi énfasis
se malogra en los artificios solitarios que adorando a los
     viejos picahielos
son iguales que caldos nauseabundos
y mi colon se traba en la retórica de sus claroscuras apoteosis
     cuando deliran los locos.

En ocasiones conversan inquietudes en mis hilos.
Doncellas y putas que se entremezclan,
que irritan exhibiendo sus llaves
u hostigando la ruleta arrobada de sus vicios
donde profundas mortajas babean su oro.
Conversan, y yo he chorreado el violento barro de un ángel
que besaba con pasión mis heces.
Era el ansia.
Y odié las inquietudes que corrían,
las inquietudes que corrían rosadas con sus entrepiernas mágicas.
Odié la soberbia verde de las libélulas,
el beso frecuente de algún verbo fácil,
unas alas que se alcanzan y se distancian como ciegos
     hermosos,
el tierno peligro en los malos poemas,
y odié tambien las inquietudes que se creían banales.
Proclamé sobre mi cuerpo la culpa despreciable e inmunda de un
     verdugo.
Era la paz.
Y apiñé inocencia de su tierra, piedra tras piedra, hasta nombrar
     libre
los engranajes de la trampa.
Y silencié al necrótico gusano de las alucinaciones en el cerebro,
los juncos ignominiosos del estómago,
la turbia herrumbre de las glándulas
y el obscuro látigo abrasivo de los espejos insensibles.

¿Eso?, no, la sinrazón es como una trampa,
una trampa donde en los ojos danzan las pluviómetras balas
     invisibles,
constelados murciélagos que quiebran como seísmos entre
     los dientes
y existen raíces en que la trampa anochece cualquier regreso
y se burla y ríe como el vestigio bucal de las
     polillas
y es horrible golpear entonces a los vasos del desierto,
a las montañas de estiércol,
para tachar junto a los orificios donde profundizaríamos
     póstumos,
los orificios con la vida en tantas ocasiones saqueada,
los orificios que en sus órganos preservan nuestra memoria.

                                      24-junio-2015