viernes, 19 de junio de 2015

Aunque el desierto se oculte en vano, las moscas regresan al cansancio;
yo sostengo el peso de besar los caprichos de mis horrores.
Ahora digo sus muchas danzas fieras, nombro las guadañas
contra todo lo expiado, lo trágico, lo estéril, lo extraño, lo orondo.
Sus residuos son ahora mi abismo, sus deposiciones se suponen
en fibras de mi reproche, diluvian para restringirme
ante los demonios que ahora obedezco y manejan mi aquelarre.
En cierta manera, los antiguos crímenes, izan mi crimen.
Le abro a esos demonios mis ojos. Les enloquezco el sexo;
aún cuando esos trenes raudos jamás batieron mi éxtasis.
¿Qué sobrevuela esta fatua que respira en mí que, tunelicia, inquiere
abrir el bastón, y beber el veneno?
¿A quién tengo que peinar sus heraldos de silabeos cristaloides?
¿Por qué tengo que contestar a estos puercos deleites repicados de tabús?
Esas titubeantes butacas amputadas o necróticas,
cuya náusea me daña el habla y ahoga las manos,
¿por qué tendría yo que derrotarme ante esta demencia anormal?
¿Por qué no malgastarles la fiebre del Espacio y acercarlas a la nada?
Nadie, de todos mis hijos, me limpió tan bien la mandíbula
                                           [como esta frontera de enemigos.
Ninguna de mis cariadas drogadictas me copuló nunca con tanta desgana.
¿Acaso fuí yo quien lamió la verga al portador de la corona de espinas?

                                                  19-junio-2015