viernes, 22 de mayo de 2015

Vientre de hiedra y de tormenta,
vientre insular de los que sublevan la voz.
Residen junto a las hélices
con unas espinas difamantes, álgidas,
y pueden romper las pupilas como si refugiasen aire.

Expiación inútil de la cal y de la memoria,
cuando te derrotan las vísceras, con aridez,
y no reconoces ignorar la lascivia y el grito.

Se debela el barro en una vejez monótona
y el útero se agria. Los poros ya se desprenden,
rotos, contraídos, agrios, sin final;
nos entran alacranes semillas de la nada.
Les observamos incidir, mecánicamente.
Cuajamos una asfixia opaca,
un engranaje carente de tránsito,
los ecos que no admiten refractarse.
Y jamás sojuzgamos el núcleo,
tal vez en la urgencia de abdicar como hojas caídas.

No ardes por la razón que ya no es segunda parte,
ni por la que enturbia el tiempo, que es negra.
Lames la amígdala permeable de la iniquidad
y no huyes nunca más. Las ruinas,
las lenguas rencorosas desecan tus huellas.

                                  22-mayo-2015