viernes, 8 de mayo de 2015

Todos los crímenes que fascinan ocupan un caudal de rumores
si el largo de la navaja es el de la misma herida.
Hay ruidos cruzados por rápidos rieles
cloacas sin viento
     peatones de lo afluente.
Sobre las estancadas chimeneas de la ciudad
vuela el ulular del miedo.
La blinda una sentencia: Cuando es vistoso el plumaje de la muerte
                                              escriben las crónicas las mordazas del poder.
Se alejaron temprano del alumbrado los tiranos
y a los neones les barrieron horas en silencio.
El hambre y las lenguas se disimularon con tenazas.
No cuelgan nidos para los no adocenados
                                los calígrafos de dudas
                                             fonolitos de batallas.

El país te penetraba. Como yo penetro a la ciudad.
Con el afecto insomne de la raíz
y el orden anónimo del universo.
     La tierra es una boca con el deshielo palpable,
     la única bisagra sólida para los huérfanos.
Perdió la ciudad.
     A sabiendas del desarraigo
           el país le desconchó los muros.
Los pies eran una cadena revés del avance.
El hogar que no nutre a quien se consume
sólo desciende ya turbias cumbres.

No había vuelto a caminarte hasta la última prosapia.
          La ceguera indefinible me tentó rasante.
Abrasadora, tu aridez resquebraja todavía los mismos suelos
y sigues arrastrando las arenas de los espejos.
Tras cada sequía me arrollo a esta espiral
que serpentea la fuga con eficiencia de asfixia.
Son rigurosos los desaparecidos, los hilos son ancianos.
La herrumbre de la clandestinidad es una escama
donde subsiste la red de múltiples formas de lucha.
     ¿Hay alguna bisagra donde los metales
     sean el apoyo para la verdadera emoción?
La clandestinidad fotografía siempre la barbarie
como una dentellada puntúa los desfiladeros.
Yo delato un engaño que se retuerce en los cardenales.
El país, la ciudad, ambos
                                 se alimentan de las mismas espinas.

                             8-mayo-2015