miércoles, 13 de mayo de 2015

Te aliviaré de los todopoderosos, víctimas todavía obscuras del hastío,
cuya incertidumbre es el horror de los suicidios, descubierta en huellas de
     la impunidad,
que ningún cierzo se ofreció a perdonar en las truculentas torres del
     pirómano.
Códigos de culpabilidad vástagos, devorados por el engreído lastre de
     sus tintas;
horror de los suicidios, aduana en la indómita ruina de los
     ventrículos;
extraña y diáfana como unas garras en las arterias del egocéntrico,
donde cada cuchillo que enraiza define un desvelo fatal de amapolas.
Te aliviaré de este horror, que ensucia como una resaca despojada
     de la barroca fractura del vómito;
del que ejecuta  en los afeites de la mentira, como una multitud
     reventada entre los interrogantes,
o aquel que no posee manos ni pies; una indetectable oralidad previa a
     cascabeles,
inmune como un tugurio saqueado por un trémulo sexo.

Y de la impunidad, cuya naturaleza es la de un metal de podridos
     nutrientes;
la que inquietamos sin que la ceniza sirva otra brasa que el pobre
     destierro de las llamas;
aunque de alquimia más corrupta que la de una puta ultrajada
donde cualquier mala hierba y cualquier ley y cualquier decisión
está dispuesta a tajar y acuchillar el reflejo de la infancia.
De esta impunidad cuya escoria jamás se remueve en los abortos,
hasta que se escarba en cicatrices del silencio imperativo de las lápidas,
succionado su barro de la insidiosa carne de las rejas,
hasta vaciar su pedernal en el inaceptable sustantivo de los cartones;
hasta descamar su aliento en el fervor extraviado de la fe,
cuando el ansia rescata una expectativa de las metáforas mudas
y la ambulante cascada de los anhelos se cuartea con la
     manchada castración de los relojes.

Te aliviaré de este parásito que condiciona como un secuestro
de atalayas a la estéril altura de los calendarios de la metástasis,
cuando los caudales están laxos y los grifos se atolondran
     empobrecidos por la atómica obstinación de las moscas;
grabador en los plazos de la edad, entretanto la impunidad se acoraza para
     enmascarar las orillas violadas
o lo que asesina vestigios o hambres, infame como un cepo en
     los enchufes de los mendigos.
¿ Qué será de esta impunidad que mide con su adobe misceláneo los abrasivos
     del hombre,
radical, como una loba herida, sobre la placenta de la
     pérdida;
cuando las uñas gimen, amordazadas por el apaleado vacío de
     los años,
entre la ropa traductora de los desahucios; mientras la fidelidad de los acentos
     asedia como adicto laberinto de poder.

                                                    13-mayo-2015