lunes, 18 de mayo de 2015

Los cuerpos atardecen siempre discontinuos, y ahora depredamos desquiciados.
Contabiliza qué inaprehensible pare la verdad, qué efímera, qué aturdida.
Me nombro excitado por cancelar el tiempo, excoriándome solo, gélido
como la apnea sobre estas llamas supurantes, este frenesí, esta luz.
No obedezco intersticios; no precipito ninguna quemadura con hervores
                                                                     [ o fulguración de cualquier tipo.
He hecho mi reducto y mis páginas de sueño para las guillotinas,
mi trasiego para los ausentes, y mis malformaciones para las cloacas.

Mirad mi detritus, con el ser y la fatiga desangrados entre la cópula
                                                                                   [ y el diamante,
como un beso entre despeñaderos blindados que no penetran lo orgánico.
Rígido pánico, siempre contrae la policromía de la esfera.
Los ojos acucian una y otra vez, lijan los cartílagos,
igual que exilian las membranas revistiendo hacia el interior,
                                                                                    [ con su rutilante néctar,
las cánulas ramificadas, el diapasón idéntico a la cicatriz,
para que nada rehuya la urgencia de laxitud en la hendidura.

Mis malformaciones son una facultad crónica, que convulsiona
                                                                                      [ como la devastación.
Convulsiona los espacios sobre los que desgrana su corpúsculo,
                                                                                      [ descabalándolos.
Me opacan los límites con sus sinusoidales raíces, me estrían los meandros.
Ahora que me he advertido anulándome, estoy derrotado por repechos:
mi tránsito contradictorio, como una fascicular tarde;
mi grisalla y mi herrumbre trabándome desde la horma de esperma.
Sus dictados aturden mi laberinto como la modélica lengua de la víbora.

He justificado avivar los espejos, yo, cabellera de sepulcros,
obstinadamente entretejido a mi barrizal y mi enajenación.
Me han manuscrito las vértebras, hasta sublevarme las escaras
                                                                      [ obturadas de macerada tenuidad.
Tendido y carnal en las aristas de un sudario azogado, macilento,
oía cómo mis comarcas, mi hernia, mis pasadizos
se ahormaban hasta inmolarse de escamas, mientras la baba
                                                                     [ me acobardaba los pulmones.
Ahora soy monódico, jamás he sido tan árido.

Nunca quise relojes, solamente serpentear
con las placentas de los humos entregadas a mi glande, por entero infantil.
Nadie sabe hasta que tensión acerba el deseo:
obra un esguince tan oleoso que te inaugura, y sin tiznar cóncavas sales,
excepto una estribación con tu limo y algún ebrio arabesco.
Esto es lo que empenacha a las avispas; las puedo ver
desliando sus lechosidades, como si cauterizaran la libido.

Las manecillas, por ejemplo, son en exceso inmaculadas, me dislocan.
Incluso en su poliédrica expansión podía enumerar sus yugos, respirar
su promiscuidad a través de sus criptas hipotecadas, como un asfalto sin alas.
Su ultraje arenoso intoxica mis espinas, les espolea los flejes.
Son de lo más gregario: creen masticar, pero su envés diluye a escondidas,
calcificándome con sus firmes bisagras y su sintaxis,
un lácteo humus de larvarios pólipos eco de mis humores.

Nada me aletargaba antes, ahora ni la espadaña corona mi aire.
Los relojes obsesionan mi simetría y la piedra en que abrevo,
en la que la voluntad, potencialmente estéril, se enciende y apaga;
e incluso yo soy causalidad, un gozne de menstruación cobriza
entre el sexo de la pirámide y los sexos de los relojes.

                                            18-mayo-2015