lunes, 11 de mayo de 2015

En el vértigo de la imposibilidad germinal, a la sombra del relámpago
me desgarro para gritar un estertor lúcido, blanco como una verdad sistólica
que pretendiese un anterior temblor...
Nada es igual ya, excepto un abismo de sangre
formado ante la palabra, la advertencia
de una gravedad que agonizó en las cenizas crueles
como un pensamiento que cristalizó el deseo.
Jamás se logrará, no conduciré bellas incógnitas ni privadas
     realidades.
La cautela, huyendo de mí. Mis vísceras no las anudará la cólera,
soy la acícula de una estirpe y de los invernales exilios hacia donde
     partió,
y mi acero, que es el mismo que el de las prisiones, el esfínter
por donde las serpientes eyectan su extrema cautela,
es una esquirla, la huella que excluya rodeará la ira de la
     impostura.
A distintas horas copulé con una soga que era todas las sogas,
unos ojos se crisparon en mi orgía, tortura para la cloquea, y una
     abstracción,
procedente de la anatomía de la indiferencia, enloqueció varios cartílagos y
     alguien
tajó un silencio y lo entregó a un extravío oleoso
y unos hirvieron su cansancio lívido sobre una mentira
y otros aún calcificaron una tristeza y sus heces gemían
como el vértice de las brasas o el sol
que se apropia de los desiertos en los equinoccios lascivos,
y después, muchos aparecieron a mi ebriedad,
se ignoraron demencias vírgenes, llagas de lo invisible,
     llagas
que obedecían a los embustes, y el embuste en sí era un signo
     de no ser
que avanzó hasta donde otros pedernales aliviaban como los
     cuchillos
de procesionarias visitadas de una genital insolencia por la geometría
     insomne,
en una supuesta actividad, perseguida como este interior,
     como esta canícula,
que en mis espinas hace temblar inmanencias de clandestinidad.
Mucha transparencia es nociva para las tumbas, los coágulos de
     luz
habrían reflotado un hastío  que me vaciase la sustancia
     de los párpados,
jamás podría descansar y jamás podría abrir,
esas otras formas de lo incierto, y mientras la piel, ese
     alojamiento, se envolvía
en lo aprehendido y los brazos sangraban sobre la hierba,
mi soledad se calcinó en un error que no olerá el
     hombre,
y así concluyo que mi herrumbre es un necio espíritu,
     porque soy primera estación
pero no estación última.

                                   11-mayo-2015