lunes, 13 de abril de 2015

De correcciones disuelve el ritmo, con siniestros condimentos.
El degüello inspirador le describe: salobre torrente del siglo.
Cualificando a los dóciles y con las vísceras avinagradas,
actúa en mi ocaso y me cubre de soberbia.

La distancia de la narcosis esclaviza en la lengua
y en la nada me repite sus cenizas.
Mis horas y mis días son fósil estación.
El abismo de relámpago me chorrea en la mirada.

Aquí en el insomnio, los hemistiquios,
de omisión hacia el extravío, son sólo variable.
Tribus, camellos, sirleros, rapsodas,
fallecidos seductores amarillos de la discordia.

El árbol no es eterno ni tú eres estación o desembocadura.
El futuro es herencia de la equidistante polifonía.
Respondes la unión, profieres tu instinto cadencioso
y aúllas por un catálogo que nadie renueva.

Lo que las obras en el cuerpo angostan,
el veneno me ha esbozado.
Del yo murmura el vasto espacio que mejor amputa
y me retuerzo de escombros, febril y cadavérico.

Mis lágrimas gatean y las cadenas libran
los cultivos de sangre contra el fangoso viento.
La paciencia cruza tendida los pelos de los sobacos.
Lo que ensordece oscila por tus huesos como testigo de irrectitud.

                                        10/13-abril-2015