martes, 17 de marzo de 2015

La horrible mueca todavía salvaje grita,
desde el castigo del invierno,
las tragedias, los dolores, las obscuras mezquindades de la existencia.
El suicidio de la sociedad.

Se afilan los cuchillos y el odio jamás desespera.
Flamea con entusiasmo.

La tarde contiene el amarillo agresivo
mientras rompe la dialéctica.

Tahures litigantes capan sexos que la lepra muerde,
demagogias que humillan por condecorarse,
chiquillos que callan pueblan alcantarillas,
súbditos e idiotas contentan a las masas.
Los andrajos escarban, con el hierro en sus lenguas,
la prieta trenza de la propiedad,
meada como la usura,
cainita como el patrón que se injerta en el patrón.

Mordeduras de loco que colmaron de saciedad al látigo.

La piel lo recuerda.

La horrible mueca, que aún no es ceniza,
degolla el silencio del violado cadáver.

Inexorables en el requiebro que deglute la muerte
celebran su cruz las cadenas.
Afanosas parten hacia unas larvas
que atoran el plagio de la mosca.

Entretanto, se exanguinan las palabras.
Entretanto, se deforma el martillo.

Azota, de pronto, como si un bramido hubiera
hallado el olivo bajo el que cobijarse,
esa lluvia de las peleas puras
que se aguantan al sentirlas,
que a la piedra incrustan en la piedra origen,
fuerte y certero canon.

La horrible mueca de frontera, anémica,
por el puro ocaso que a todo envuelve,
urde un último arrebato,
pero la revolución es ya una caricia
demasiado suave.

                                17-marzo- 2015