jueves, 26 de febrero de 2015

Donde habló la piedra clarividente
los trenes enferman
y la herrumbre
es una cómica hipertensión del paisaje.

Locuaz monólogo de un tiempo
que autografía la soledad
y el desamparo áfono
en los inconstantes olores
de paupérrimos circunloquios.

Nada abre la batahola de vaticinios
bajo los viejos parietales de nubes
ideogramas de una advertencia vertical.

Aquí todo es producto de una dactílica
pluralidad cuya fragancia
apesta la casta pernicie
de los espejos y sus desaguados costados.

Se considera que los excrementos
de las palomas son una mayúscula
cinematografía de arribismo feroz.

Por eso detrás del miedo,
la sátira y los hierbajos,
con su semidesnuda líbido,
tragan el asco de visiones
que los bardos
depositan en las toses
de réditos y ceses.

No es amor ilusorio,
ni las escotillas un resuello
que aplauda alguna impertinencia.

No son aplausos
que adoquinen la suntuosidad
o el exterminio
de las caricias y el astuto
verde de las violadas brumas.

El ocio inmóvil de la sangre
se eleva por esquemas inscritos
en la exactitud pútrida
y los ideogramas de ciertas moscas.

Los reptiles son el etrusco equivalente
de un frenesí finísimo
a remolque de los muslos en ascenso
por la clásica parálisis
que las arpas fálicas
y la identidad de los zánganos
escriben en las suelas rotas.

Unas cuantas líneas de arrogancia
multiplican la adicción
de las cabelleras hacia la convulsa
esfera que milita
en los originales de vestigios
fuselaje en los tirabuzones
de la razón bajo la nariz primera.

La mímesis de los suicidas
es una sed
que revienta preguntas perversas
y el acicate con los insectos
a la hora de oír los disfraces
y vicios de la apostura y el vacío.

                            26-febrero-2015