viernes, 26 de agosto de 2016

Destrabas la náusea violenta aparcada en la sién,
y te acurrucas ante las pupilas de la abstinencia.
Era agosto y el chirrido de la oscuridad
arañó tu piel. Ya no había temblores. Solo
aquel empalago de banalidades y
revisitaciones al mal. Tratabas de concentrar
los márgenes del grito. Pero apenas movías
las manos, reventaban los párpados del sueño.
Jadeabas solitario mientras la muerte lubricante
arrastraba el olor a droga de las paredes.
Insististe en aguarle la fiesta a la aguja y a la
botella. Hasta que los músculos hicieron un gesto
de baba cayendo. No era más que tu sangre
lamiendo el metal incrustado en la carne.
Ese último esfuerzo por poner en pie los límites
de la vorágine.

                           Habría que explicar el ansia,
desaparecer en los últimos metros de la incertidumbre.
Te veo adherirte a las axilas de la tarde, dar
dentelladas al cuello del reloj, volver a intentar
el miedo en apenas un par de gramos.

       Tu desaprendizaje duró hasta que una abstracta geometría
se durmió en las horas que tus arterias
echaban de menos el sexo de los astros.

                                    26-agosto-2016

jueves, 25 de agosto de 2016

Esta madrugada fumo a pesar del silencio.
Nada viene al asalto de un cuerpo inútil.
Nada, sin previo aviso, se vence sobre mi cuerpo.
Me abro a la fluidez de los placebos,
a ese poso que deja el semen en tu aliento.
Porque tú sí estás.
Duermes.
Eres un monólogo que interpreto desde la enfermedad.
Ya no avanzas invasiva como un error.
Solo a contrapie.
En el útero que habita la alta incógnita.
Respiras una distancia preventiva.
Y aún así tiñes mi cadáver.
Me ofrezco a destejerte
y pienso en la vagina de tu madre
el día del parto.
Pienso en cómo te amaba ya entonces.
Pienso en cómo te amé antes de conocerte.

                              25-agosto-2016

miércoles, 24 de agosto de 2016

En la brevedad de una parálisis sin transparencia,
por el impuro achique de un ventilador estropeado,
sobre la camiseta con babas de varios desconocidos,
aquel noviembre que fuiste feliz entre los raíles químicos,
tras un azar que es la suma de todas las derrotas,
lamentando que un álbum sean ya las cenizas de íntimos silencios,
precario como ese país extraño que es tu país,
cuando los amigos cayeron en la rutina desolada del ayer,
ahora que la voz disipa la trivial instancia de tiempo,
este fuego incivilizado hace incomprensible tu rostro.

Llueve una ráfaga de óxido que traspasa el perfil de los cuchillos,
única como el camino hacia la calima de la verdad,
vinculante en esa imposibilidad de volver a tocarnos,
allí donde se extingue la ciudad y la asfixia acaricia el laberinto.

Es la vida un fin apaciguado por la fiebre del olvido,
aquel humo que duró lo que dura una palabra en la boca de un niño,
esa tan lejana máscara a la que los gusanos se acercan serenamente,
polvo que en la conciencia agrede una herida sin habitaciones vacías,
el animal rescate de la razón para no desesperar sobre la cama
en esa continua hemorragia que devora el placer y calla.

                                     24-agosto-2016

martes, 23 de agosto de 2016

Has hundido las venas en el placer metálico,
harto de la fuerza estereofónica del dolor.
Tu nombre es una centrífuga revelación,
un caos continuo en el interior de la boca de los muertos,
la degradante y coral minusvalía
de aquella certeza animal
cuyo organismo debieran mover las puertas giratorias.
Ahora, por momentos, la noche es una gran magnolia,
son las crines de una yegua en celo,
el mordisco a una copa de alcohol,
y el clítoris yuxtapuesto en la sangre de la usura.

Te infiltras un silencio feroz
fruto de la ilusión antigua de las brasas,
y balbuceas un siniestro inclinado
sobre la espina del orgasmo y de la vulva del grito.
Jamás estarás listo para escuchar
la anónima liquidez de la sombra.
Te lacera las axilas la dínamo psicótica del sexo
y en todo capturas con la fascinación del primer contacto
la violencia que consume el blanco de los ojos.

Quisieras corregir la voz en el tiempo temprano de los relojes,
cerrar las ventanas al inquilino que estremece
la recóndita púrpura del pecho,
abrazarte al arroyo de la luz y en la forja de la
     ebriedad anclar la resaca de la piel.
Pero eres descendiente de borrachos, la reedición
de un volumen que irrumpe en la grieta
con la intratable sustancia de quien fue
calcinado en el parto y arrastrado hasta un espejo
para que viese bien pronto la monstruosidad de su ser.

En ocasiones extirpas sílabas a la barbarie,
lames frenético las hoces de tanta vileza ígnea,
trabajas con ímpetu el odio a la locura,
a ese destierro suspendido en las ramas de la encina muerta.

Aún cuando has entrado en el subterráneo
avanzas esa hendidura que asciende hasta tu boca
y vomitas sobre la osamenta de la soledad.

La cúspide de la forma trastornada
despierta la niebla que taja los tendones
al que ahonda en los caminos donde no hay puentes
y halla cada pocos pasos restos de su propia lepra.

                                 23-agosto-2016

lunes, 22 de agosto de 2016

Tragas como si alguien golpease continuamente
     los orificios calcinados de los párpados.
Así es como engulles. Sin pensar en la
     matriz, sin el único poder de la danza.
Hay un reflujo; pero en qué duramen sedentario.
No eres quién de reinventar el músculo.
La grieta es salada como las venas. Te tocó
     trenzar y barrer.
He aquí la voz, intempestiva, dislocada por la
     ligereza de tanta altura, de tanta intensidad
     en ese miedo que no auxilia la nada.
Caes en el reverso del agua, donde los pájaros
     son la sombra del grito y cada noche trabajan
     las arañas en silencio.

Fue en la cursiva lenta el éxtasis, la incesante
     electricidad de lo blanco.
Qué efímero camino la fe. Donde había un árbol
     ahora miran de frente los mudos;
     estrangulan la noche y el exilio.

Porque, a veces, exiliarse
es permanecer más tiempo del debido
donde el útero desencova la memoria
y lacera el cuerpo el envés del idioma.

                      22-agosto-2016

viernes, 19 de agosto de 2016

Esos momentos en que el cansancio era antiguo
como el hambre cuando has saciado todos los pecados
y un pez ocioso anochecía en la copa de ginebra;
tan silencioso el viento
que las raíces apenas explicaban la octava
parte del humo de un cigarrillo,
solía emborracharme durante semanas
hilvanando aquellos fragmentos
que hasta entonces solo habían adoquinado
el bulevar de las chimeneas.

No había orgullo nunca. Y al mirlo lo tenía
olvidado junto a las cenizas de la luz.
Así cultivé un óxido silvestre cuya elegía
pertenecía al peso de las mañanas,
a las crudas prostitutas y a sus grillos heroinómanos,
al furioso presagio de que el perdón no se
hallaba en el abdomen de aquel lento hacinamiento,
ni en los ermitaños que envolvían mi sexo
en los cuartos oscuros.

                                          Un timón íntimo,
al doblar las esquinas, advertía de una próxima
estación siempre tan cercana como difícil de atravesar.

Bebí mucho para liberar esta rúbrica
que jamás tuvo bastante y que era ágil,
muy ágil hasta que las tomateras se llenaron
de orugas y hube de huir
donde los aguijones adecuaron su veneno a mis relojes.

                                   19-agosto-2016
a mí la poesía,
          un poco como el
amor,
          me gusta más
que me la hagan

              19-agosto-2016